Yo quería estudiar Comunicación Social.
Había crecido en un pueblo pequeño, marcado por numerosas carencias, y la televisión era para mí una ventana a la vida urbana. En esa pantalla veía otros mundos, otras oportunidades y una idea de desarrollo muy distinta de la realidad que conocía. Estudiar comunicación parecía el camino para acercarme a ese futuro. Me presenté a la universidad y no quedé.
En ese momento lo viví como una enorme decepción. Con los años comprendí que aquel resultado me obligó a hacer algo que nunca había hecho con suficiente profundidad: dejar de pensar únicamente en lo que aspiraba a ser y comenzar a reconocer quién era, cuáles eran mis talentos y en qué tipo de actividad podía desarrollarlos.
La conversación que cambió mi elección
Después de recibir aquel resultado, acudí a un psicólogo para buscar orientación. Realicé una evaluación vocacional y, al finalizar el proceso, me dijeron que tenía las habilidades, las aptitudes y la vocación para ser una excelente psicóloga. La psicología nunca había estado entre mis opciones.
Su recomendación dio inicio a un proceso de reorientación personal. Tuve que explorar una profesión que desconocía, imaginarme en un futuro distinto y revisar las razones que me habían llevado a elegir Comunicación Social. También tuve que enfrentar las opiniones de quienes me rodeaban.
Mi familia no recibió la idea con entusiasmo. Me decían que iba a "morirme de hambre". Como ocurre en muchas familias, su preocupación provenía de un ideal particular de un futuro exitoso. Vengo de una familia árabe y emprendedora, en la que emprender un negocio propio era una expresión natural del progreso. Elegir una carrera en la que, en ese momento, ni siquiera imaginaba tener mi propia empresa significaba apartarme del camino conocido.
Viví la presión familiar y social que experimentan tantos jóvenes cuando su elección no coincide con las expectativas de los demás. Sin embargo, contra todo pronóstico, mi familia decidió apoyarme. Así me convertí en la primera mujer de mi familia en ir a la universidad.
Elegir desde los talentos también cambia las aspiraciones. Ingresé a Psicología con incertidumbre. Era una carrera que no había soñado, pero que muy pronto comenzó a hacer sentido. Allí encontré un espacio para comprender a las personas, investigar, enseñar y desarrollar capacidades que ya estaban en mí, aunque todavía no sabía nombrarlas. Con el tiempo, mis estudios de posgrado me llevaron hacia el comportamiento del consumidor y el marketing, un campo que tampoco había imaginado al comenzar la universidad y en el que he podido integrar la Psicología, la investigación, la estrategia y la formación de personas.
Después de 26 años de ejercicio profesional, puedo decir que aquella evaluación vocacional acertó. La Psicología se convirtió en la base desde la cual construí una trayectoria propia. También me permitió descubrir que mi vocación más profunda estaba en acompañar el desarrollo de otras personas, especialmente desde la docencia.
La vida profesional, además, terminó reencontrándome con aquella joven que quería estudiar Comunicación Social. Hoy trabajo en marketing, investigo la manera en que las personas toman decisiones, enseño a comunicar valor y participo constantemente en conversaciones públicas. Mi primera aspiración no desapareció: encontró una forma diferente de expresarse.
Entonces, ¿vale la pena estudiar en la universidad?
Mi respuesta es sí. Pero con una condición: que la formación universitaria forme parte de un proyecto personal construido con conocimiento, criterio y propósito.
Durante años como profesora he visto graduarse a muchas personas. Algunas han construido trayectorias extraordinarias dentro de la profesión que estudiaron. Otras han encontrado oportunidades en campos completamente distintos. También he visto estudiantes profundamente desmotivados, sentados en un salón por razones familiares, económicas o sociales que poco tenían que ver con sus propios intereses y capacidades.
Esas experiencias me han enseñado que el éxito profesional no depende exclusivamente del nombre de una carrera. Surge de la coherencia entre cuatro elementos: la vocación, las habilidades, la formación y la manera en que cada persona convierte esa combinación en una propuesta de valor para los demás.
Una carrera con reconocimiento social difícilmente genera plenitud cuando se vive sin interés, compromiso o disposición para aprender. Una profesión que otros consideran poco rentable puede abrir oportunidades insospechadas cuando la persona desarrolla sus talentos, se mantiene en formación y construye un camino estratégico.
El título importa. La manera de habitar la profesión importa todavía más.
¿Qué hacer si no quedaste en la carrera que querías?
Si eres estudiante
Busca orientación, explora distintas alternativas, compara carreras y universidades y comprende tu perfil antes de tomar una decisión. Elegir una carrera a partir de una imagen idealizada de éxito puede ocultar opciones mucho más coherentes con tus capacidades.
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Si eres mamá, papá o tutor
A las familias les corresponde acompañar con apertura. El miedo al futuro puede llevarnos a proyectar sobre los jóvenes nuestras propias expectativas. Escuchar, hacer preguntas y facilitar acceso a información confiable puede resultar mucho más valioso que indicarles cuál camino deben seguir.
Si estás pensando en un posgrado
Para quienes consideran un posgrado o programas de educación continua, la reflexión también es necesaria. Cada nueva formación debería responder a un plan personal: qué capacidades necesito desarrollar, hacia dónde quiero avanzar y qué tipo de impacto deseo generar.
De mi experiencia personal nació una convicción
Tuve la oportunidad de encontrar a un profesional que me ayudó a comprender en un momento decisivo. Aquella conversación cambió mi trayectoria.
Esa experiencia explica, en buena medida, por qué creo en el valor de la orientación vocacional basada en evidencia y por qué he contribuido activamente como psicóloga voluntaria de Guía Universitaria. Por eso participo en el desarrollo de AVI (Acompañamiento Vocacional Inteligente), una metodología que integra información sobre intereses, personalidad, aptitudes y perfil cognitivo para construir una lectura más completa de cada estudiante. A partir de ella, propone rutas académicas que pueden explorarse y discutirse con la familia, el colegio o un profesional de orientación.
Su propósito es ampliar la mirada en un momento en el que las aspiraciones, la presión social y la incertidumbre suelen mezclarse. Una buena elección comienza cuando el joven puede reconocerse, comprender sus posibilidades y evaluar alternativas con información.
Yo quería estudiar Comunicación Social. No quedar me llevó hacia la psicología. La psicología me condujo al marketing, la investigación y la docencia. Hoy puedo mirar hacia atrás y entender que mi trayectoria no fue una línea recta: fue una construcción coherente en torno a mis talentos y mi vocación.
Porque cuando descubres tu vocación dentro del marco de tus talentos, llegas a tu propio paraíso.
Antes de elegir, conócete
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Preguntas frecuentes
¿Qué hago si no quedé en la carrera que quería?
Tómate un tiempo para revisar por qué la elegiste y si responde a tus talentos o a una imagen idealizada. Una orientación vocacional basada en evidencia puede mostrarte alternativas que no habías considerado.
¿Vale la pena estudiar en la universidad?
Sí, cuando la carrera forma parte de un proyecto personal coherente con tus intereses, habilidades y metas. El nombre de la carrera importa menos que la manera en que desarrollas tu profesión.
¿Cómo saber qué carrera va conmigo?
Integra información sobre tus intereses, personalidad, aptitudes y forma de pensar, y contrástala con planes de estudio reales. Compara programas y conversa las opciones con tu familia o con un orientador.
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Prof. Silvana Dakduk Ph.D. Psicóloga con 26 años de trayectoria. Directora de la Maestría en Mercadotecnia de EGADE Business School, Tecnológico de Monterrey (sede Monterrey). Investiga cómo las personas toman decisiones y colabora como psicóloga voluntaria de Guía Universitaria. LinkedIn


